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Hércules: Beto, el tiempo y la paciencia

Alicante, Campo de la Viña, 7 de octubre de 1973. El Hércules se medía al Linares en partido correspondiente a la sexta jornada del campeonato nacional de Liga de Segunda División. Los alicantinos, todavía en fase de asimilar los conceptos tácticos de su nuevo y joven entrenador, Arsenio Iglesias, marchaban decimocuartos con dos victorias y tres derrotas. Enfrente el cuadro jiennense, que tampoco estaba pasando por un buen momento (decimoséptimo en la tabla), era visto como el rival ideal para remontar el vuelo. Para ello, Arsenio, ya discutido por un sector de la afición, alineaba el siguiente once: Zamora; José Antonio, Rivera, Albaladejo, Pachón; Parés, Varela, Baena, Manolete; Grau y “el apátrida” Nagy. Moneda al aire, saludo de los capitanes. Todo estaba listo. Faltaba únicamente que el silbato del mítico Soriano Aladrén decretara el inicio del encuentro. Dicho y hecho, el choque daba comienzo con un Hércules entregado, incisivo en cada llegada al área de Trigueros. Ya en el minuto 18, Baena adelantaba a los locales, poniendo un más que justo 1-0 en el rudimentario marcador de la casa blanquiazul. Al tanto inicial alicantino seguirían varios minutos de poder a poder. A los andaluces no les quedaba otra que desperezarse y adelantar líneas. Fruto de ello, tras un par de ocasiones -una por cada bando- y aproximándonos al final del primer tiempo, llegaría el empate por medio del exsevillista Torres. El tanto de la estrella jiennense dejaba claro que el Linares no había venido de turismo...

El inicio del segundo acto iba a mostrar a un Hércules voluntarioso pero impreciso. Se notaba que ni el nuevo técnico estaba todavía hecho a su plantilla ni sus jugadores a su libreto. El matrimonio no acaba de funcionar todavía… Aun así, más por empuje y ganas que por técnica y precisión, más por actitud que por aptitud, llegaría el 2-1 anotado por el extremo catalán Parés. Euforia en las gradas... pero contenida. En aquellos momentos, el que luego sería el mejor Hércules de todos los tiempos, todavía no era un equipo fiable. Tanto es así, que a falta de media hora, Eladio marcaba en su propia portería el empate, sembrando de dudas y miedos los graderíos. Pero aún faltaba lo peor, la puntilla, que dirían los clásicos: en el minuto 90 marcaba de nuevo Torres y ponía el definitivo 2-3. Este gol desataría un mar de protestas entre la afición, con gritos de “fuera, fuera” y miles de pañuelos en mano pidiendo el cese de Arsenio Iglesias.

Pero contra todo pronóstico, pues lo fácil hubiera sido destituir al técnico, José Rico Pérez cambió la destitución por una advertencia y mantuvo al Zorro de Arteixo al frente del Hércules. Para este, eso sí, la consigna era clara: victoria ante el Sabadell o regreso a Galicia. Siete días después, Arsenio superaría el ultimátum y el Hércules a los sabadellenses en un gran partido (2-0, con goles de Parés y Nagy). Lo que pasó después ya es historia. Y de la buena, de la que se escribe con mayúsculas.

La presión adelantada y el peligro de incendio

Aunque probablemente el fútbol sea uno de los pocos deportes, tal vez el único, en el que no siempre gana el que mejor juega, no cabe duda que jugar mejor te acerca al triunfo. Eso es lo que defiende el postulado táctico de Beto Company y eso es lo que le sucedió al Hércules CF en el Rico Pérez en los partidos ante el Betis Deportivo o el Cartagena (ambos resueltos por 2-0). Por diferentes motivos, los blanquiazules necesitan más que otros que se dé ese condicionante para llegar a la victoria. No porque sean peores que los demás, sino porque, como se demostró en la segunda mitad ante el Antequera y el pasado sábado en Torremolinos, les falta ese poso de seguridad que tienen los equipos que saben a qué juegan y, especialmente a algunos jugadores, les sobra la presión y el peso de la historia del escudo que defienden. Todo lo contrario que muchos de los equipos a los que se enfrentan, domingo sí y domingo también, en la categoría de bronce. Equipos que, la mayoría de ellos, más que tener un plan -que también- tienen sobre todo una certeza: conocen sus virtudes -a menudo, no demasiadas- pero sobre todo sus carencias. Minimizar errores, limar o esconder defectos, maximizar lo que sabes hacer bien… Eso también es fútbol y debería formar parte del libreto de estilo de cualquier entrenador. También del de un Beto al que los dos últimos reveses le han situado en el punto de mira de muchos aficionados en las RR.SS.

Uno de los mayores problemas que se evidenciaron en el partido ante el Antequera fue lo que debería ser una de las mejores virtudes del Hércules de Beto: la circulación de balón. Mitad por acierto en el planteamiento defensivo de los de Abraham Paz y mitad porque ni Mehdi Puch ni, especialmente, Roger Colomina ni Aranda juegan a uno o dos toques, pero lo cierto es que el juego combinativo no fue lo suficientemente fluido ni rápido para sorprender. A menudo, de conducir el balón en exceso, de tanto mimarlo, de tanto acariciarlo, lo único que se consigue es asfixiarlo y que muera lejos de la portería contraria. No obstante, el estilo no es solo creación o ataque. De hecho, cualquier victoria empieza por una buena táctica defensiva. Beto Company apuesta por una presión muy adelantada, sostenida durante todo el partido y con un alto grado de intensidad. Defendiendo desde el centro del campo alejas el peligro de tu portería y dificultas la salida de balón del rival, aumentando exponencialmente las posibilidades de robar en las cercanías del área contraria. La propuesta es moderna, buena y hasta seductora. El problema es que, para ejecutarla de una manera efectiva, se necesita, además de fe, mucho entrenamiento, una buena preparación física y, sobre todo, contar con los hombres adecuados para desarrollarla. Precisamente este último aspecto deja muchas incertidumbres. Alinear juntos a Andy Escudero, Aranda, Mehdi Puch, Roger Colomina y Unai Ropero, significa que vas a por el partido, sin ambages. Pero también que, dado que ninguno de ellos es un portento físico ni brilla especialmente por su nivel defensivo, si no tienes el balón lo vas a pasar muy mal. Sobre todo si, además, estos jugadores son los que presionan tan arriba, con tanta intensidad y tantos minutos. ¿Cómo se traduce esto en el césped? Los rivales salen con cierta facilidad de las primeras líneas de presión, especialmente cuando las piernas de los “jugones” herculanos empiezan a flaquear; tres o cuatro pases efectivos, un par de diagonales bien tiradas y voilà: se plantan ante Calavera -o Mangada- primero y los centrales después con demasiada facilidad, con demasiado peligro.

La falta de jerarquía y de remate lastran el proyecto

El Hércules sufre demasiado sin el esférico y cada llegada rival lleva peligro de incendio. Esto, sin ir más lejos, lo pudimos comprobar en Torremolinos. Allí, los blanquiazules no realizaron un mal partido en líneas generales (más aun si tenemos en cuenta las dimensiones reducidas de El Pozuelo). Dominaron durante la primera parte y se fueron a los vestuarios con ventaja. Pero la segunda mitad volvió a ser otra historia. Como si el Hércules se hubiese quedado en el vestuario, solo hubo un equipo en los primeros cinco minutos del segundo tiempo. Como no podía ser de otra manera, el inicio desmelenado de los locales en la reanudación fue premiado con la igualada. Los siguientes minutos trajeron la recuperación blanquiazul (certificada con el momentáneo 1-2) pero se acabó cediendo el empate, en el minuto 99, en medio del colapso alicantino, el vendaval local y la enésima constatación de que el equipo carece de jerarquía, de ese poso al que he aludido antes. Eso que nadie sabe exactamente qué es pero que, especialmente en los minutos de la verdad, es lo único que importa. Lo que te hace ganar cuando lo mereces menos que el contrario. No tener ese “saber estar” te penaliza enormemente en esta Primera RFEF, que ya sabemos que se parece poco a la Segunda B de toda la vida: aquí los rivales ladran pero también muerden.

Si en defensa “no es bien”; en ataque, seguramente, estemos incluso peor. La falta alarmante de gol es otro de los grandes déficits de esta plantilla. En los últimos seis encuentros, el cuadro alicantino solo ha hecho siete dianas, de las que cuatro han sido de penalti. Dicho de otro modo, únicamente tres goles en jugada en seis partidos. Dejando aparte a Fran Sol y su acierto desde los once metros, solo Mehdi Puch en Tarazona y Unai Ropero y un jugador rival en propia meta en Torremolinos, han sido los únicos que han logrado perforar la portería rival con la pelota en movimiento. Demasiado poco. Pero es que si escarbamos más, lo que encontramos es aún más descorazonador: entre el lesionado de larga duración Soldevila, Nico, Jeremy de León, Aranda, Andy, Unai Ropero y los que ya no están, o sea, Rojas y De Palmas, suman la “friolera” de ocho goles (cinco de ellos de Ropero y dos de Solde). Apenas llegan, de media, a un gol por cabeza. Pero si nos vamos a los nueves, el asunto no es que mejore demasiado: entre el todavía inédito Toril, el ex Slavy y Fran Sol suman nueve goles. Con el matiz de que los dos anotados por Slavy vinieron como consecuencia de sendos penaltis -el segundo lo anotó tras aprovechar el rechace de su propio lanzamiento- y de que, de los siete que se reflejan en la cuenta de Sol, cuatro han sido desde el punto fatídico. Con el añadido de que el madrileño lleva sin marcar en jugada desde diciembre del año pasado.

En el fútbol los partidos no se pierden en defensa pero se ganan en ataque. Precisamente ahí, en los metros finales y especialmente cuando se deciden la inmensa mayoría de los partidos, en la llamada zona Cesarini (a partir de la media hora de la segunda mitad), al equipo le falta inventiva, creatividad, decisión y, por supuesto, remate. Cuando la jugada requiere más chispa, precisión o un destello de calidad en las inmediaciones de la portería rival, las piernas ya no responden como deberían en el momento de definir. Como he dicho antes, la presión alta e intensa es un recurso defensivo formidable… pero solo si se cuenta con hombres con un físico que les permita hacerla y/o si se tiene unos suplentes que, a partir del minuto 60-70, sean capaces tanto de defender arriba como de atacar aportando la dosis de frescura y calidad necesaria para cambiar el guion del partido. Pues hasta el momento, el Hércules Club de Fútbol ha dejado patente que carece de una cosa y de la otra. Ni cuenta con portentos físicos capaces de definir con la precisión de Messi tras correr y presionar incesantemente durante noventa minutos; ni tiene lo que en Francia llaman finisseurs (finalizadores), o sea, jugadores con un nivel similar a los titulares que, saliendo desde el banquillo, reactiven la intensidad y, a la vez, sean el “factor X” que desequilibre el partido.

El papel de Beto

Llegados a este punto, surgen las preguntas incómodas, esas que muchos se hacen pero que pocos se atreven a formular: ¿merece la pena emplear una presión tan alta e intensa si el precio es una zaga desguarnecida o un ataque carente de filo, poco o nada incisivo? ¿la plantilla actual puede asimilar y poner en práctica de forma óptima el ideario de su entrenador? ¿está el propio Beto Company capacitado para sacar adelante al club blanquiazul?

Han sido unos días en los que se ha dicho absolutamente de todo en ese “radio patio” que son las redes sociales. Mucho ruido, tal vez demasiado; comentarios con regusto a añoranza de tiempos ¿mejores?; bulos infundados, en los que no merece la pena entrar; e incluso alguna que otra “aparición estelar” inesperada. Lo cierto es que la semana, en relación a lo que acontece al Hércules, está dando para mucho y, lógicamente, como el equipo no acaba de carburar, Beto Company ha ocupado un lugar preeminente en las quejas y comentarios de muchos aficionados.

Hay que tener alma de equilibrista para aceptar un banquillo como el del Hércules. Y más en las circunstancias en las que lo hizo Beto. Si llegar a cualquier lugar con el viento en contra y hacerse con una plantilla hecha por otro -y para otra cosa- es complicado, hacerlo en Alicante y con el Hércules, es trabajo de alto riesgo. El técnico criado en Valls se encontró a su llegada a Foguerer Romeu Zarandieta un grupo de jugadores desnortados, con los conceptos futbolísticos del anterior míster, malviviendo entre el hábito y las urgencias. Desde entonces han pasado tres meses. Exactamente el mismo tiempo que tardó en cuajar su ideario en el vestuario del Andorra. Beto no tuvo un buen comienzo como primer entrenador del equipo del Principado. Tardó tres partidos en lograr la primera victoria pero, tal y como le pasó al mismísimo Arsenio Iglesias en Alicante hace 53 años, contó con la confianza de su jefe -Gerard Piqué- y fue mantenido en el cargo. Beto Company respondió y dio la talla: ascenso a la Liga Hypermotion tras una remontada increible, ganando siete de los últimos diez partidos y finalizando invicto el playoff. El tiempo y la paciencia suelen ser una parte del camino hacia el éxito.

Conviene no olvidar que la pizarra de alguien como Beto es complicada de implementar. Requiere que él sepa adaptarla al tipo de jugadores que tiene. Más aún en una plantilla como la del Hércules Club de Fútbol, que, desde hacía muchos meses, manejaba unos automatismos que estaban en las antípodas de los suyos. Sin embargo y ya que se dice que la capacidad de adaptación es un signo de inteligencia, es de esperar que alguien inteligente como Company será capaz de dar con la tecla, de sacar el máximo rédito a este equipo (esperemos que lo antes posible), reconociéndose en el espejo, sin traicionarse más de la cuenta. No todos los entrenadores tienen su capacidad autocrítica (jamás habíamos escuchado a un técnico del Hércules algo como el “si el partido dura cinco minutos más, perdemos” que dijo tras el 2-2 de Torremolinos). Para subsanar errores, para corregir aspectos, primero hay que ser consciente de que y de en qué se ha fallado y, después, de cómo subsanarlo. No todos saben adaptarse a las circunstancias y hasta rectificar cuando toca. Beto lo ha hecho ya varias veces en esta temporada. Por mucho que muchos lo vean como algo negativo, dudar cuando algo no va como debería es el primer paso hacia el acierto. Y Beto duda, piensa, decide. No es rehén del estilo. Se nota. Aunque apuesta por la circulación rápida, por sacar el balón jugado incluso desde el portero, por las triangulaciones y los apoyos constantes en corto, su libreto no excluye un buen patadón en defensa o el juego en largo cuando la situación lo requiere. Ser un genio táctico está muy bien y al alcance de muy pocos pero no sirve de nada si no eres capaz de transmitir y de hacer encajar una filosofía de juego a tus jugadores y que esta les haga mejores, tanto individual como colectivamente. Si no logras esto, algo que el técnico blanquiazul todavía no ha conseguido, da igual lo bueno o malo que seas.

Tras -y a pesar de- las dos debacles blanquiazules consecutivas y el excesivo número de empates (cinco) en los últimos siete encuentros, el Hércules sigue a tres puntos del playoff de ascenso, en tierra de nadie, dando la sensación de que cada semana llegamos tarde; por poco, pero se nos escapa el tren. Veremos hasta cuándo van a seguir saliendo trenes de la estación…

Quedan trece jornadas para el final. No es demasiado pero sí lo suficiente. Eldense (28 de febrero), Atlético Madrileño (8 de marzo) y Real Murcia (15 de marzo), los tres próximos exámenes, van a adelantarnos la primavera. A partir de ahora, los errores penalizarán más que nunca y de cómo salga el Hércules de esos tres partidos dependerá cuál será el objetivo final de temporada. Ahora bien, aunque los blanquiazules no jugaran el playoff de ascenso, habría que considerar muy mucho la posibilidad de que Beto continuase y que, desde la postemporada, confeccionara una plantilla a su gusto y adecuada a su estilo de juego. Ahí, solo ahí, se le podría exigir que el cuadro blanquiazul fuese el equipo dominador que se espera para retornar al fútbol profesional. Potencialmente y a día de hoy, no creo que el Hércules, teniendo en cuenta el presente y el pasado reciente del club, pueda tener un entrenador mejor que él. Quizás Company solo necesite lo que este club no tiene: tiempo y paciencia. Quizás sea pedir demasiado…

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