Juro que no recuerdo un Celta como este. Es algo que va más allá de resultados, de clasificaciones europeas y de esos debates que giran siempre en función de hacia dónde haya caído la pelota (el fútbol, para demostrar su estupidez, es el único deporte en el que alguien puede defender dos ideas completamente diferentes solo por el hecho de que un remate haya ido un metro desviado). Tiene que ver con la personalidad, con la fe ciega en una idea. Hace tiempo que mi mente ha ido relegando al equipo de Víctor Fernández en el orden de preferencias aunque en el imaginario popular aún conserve la equivocada etiqueta del mejor Celta de la historia. No lo es de ninguna manera. Se trataba de un equipo deslumbrante en cuanto a nombres (dudo que este club vuelva a tener tal cantidad de internacionales en una misma alineación), que con viento a favor era una delicia verlo jugar, al que motivaba por encima de todo los grandes escenarios y los rivales gigantescos (la promoción personal de aquel vestuario era obsesiva) pero que demasiadas veces se dejaba llevar por la desgana en esos domingos rutinarios, de viajes pesados y campos incómodos, donde al primer revés en contra respondía casi siempre con desesperación y rara vez era capaz de sacar una versión más lúcida. Le daban pereza ciertos partidos y por ahí se le escapó la gloria para siempre.
Todo lo contrario que este Celta dichoso de Giráldez. En Girona volvió a demostrarlo para cerrar otra semana redonda (los que tengan niños pequeños conviene que vayan avisando que esto no es lo normal, que luego vienen los berrinches). Más allá de que los partidos se mueven por pequeños detalles que terminan siendo decisivos (esas paradas de Radu, el balón de Fer que se pasea por la línea tras dar en el palo, el remate descomunal de Jutglá, su tropiezo anterior…) lo fascinante de este equipo es la personalidad con la que llega a Girona (campo dífícil, rival en crecimiento) y se adueña de la escena. Nada le perturba ni le saca del plan que Claudio ha diseñado. Incluso en el día en que le faltan dos centrales imprescindibles el equipo no traiciona su idea y cuando recibe un gol que en absoluto hacía justicia a lo que estaba sucediendo, se mantiene firme. Luego la victoria ya depende de otras cuestiones (el segundo gol es un golpe de fortuna) pero impresiona esa convicción casi enfermiza con la que el equipo pelea por su suerte. Y ya, en el colmo del «giraldismo», asoma en el tramo final Antañón, otro chaval en edad juvenil para sumarse a la interminable lista de futbolistas a los que se ha dado la alternativa en el primer equipo. Igualito todo que con Víctor Fernández, que sacaba un crucifijo del bolsillo cuando veía a un canterano acercarse al vestuario del primer equipo. Ojalá aquel Celta que tan buenas tardes (y no pocas derrotas dolorosas) nos dio tuviese solo una pequeña porción del arrojo y la claridad de ideas que el actual muestra cada domingo. Comienza marzo y los cuarenta puntos ya están en la mochila y eso que este fue el último equipo esta temporada en lograr la primera victoria. Qué mal envejecen ciertos dramas.
Por cierto, hablando de dramas…lo que no cambia con el paso del tiempo (existía hace treinta años y seguirá entre nosotros por siempre) es la necesidad de angustia que tiene un amplio sector del celtismo que esta semana, abrumados por las buenas noticias, comenzaron a suspirar mirando al mar mientras imaginaban ese día en que Claudio comience a ser pasado del Celta. Y todo porque alguien vino a decir en Madrid que un club de pobrecitos no podría retener a alguien como él, llamado para empresas de mayor calado. Ya lo dije una vez: esto me recuerda a aquel compañero que tuve en la universidad que cada vez que iniciaba una relación con una chica y se sentía a gusto comenzaba a amargarse porque intuía que acabaría por dejarlo. Así era imposible ser feliz. Pues eso; qué necesidad...
Mou rompe o xeo
Armando cada semana pone su inmenso talento al servicio de un puñado de tareas en este periódico, pero una de las más curiosas es la facilidad que tiene para sacar modalidades deportivas que yo en broma le digo que se inventa. Aquí trae la historia de un nadador vigués que se dedica a nadar en aguas gélidas. Y no, no se refiere a darse un bañito en las Cíes.
«Perdóneme Juan, pero me va a tener que acompañar»
La dosis semanal de la historia irrepetible dedicada a aquel secuestro que sufrió Juan Manuel Fangio a manos de la guerrilla de Fidel Castro durante una visita a La Habana para participar en el Gran Premio de Cuba que Batista había puesto en marcha en un intento por atraer dinero de los americanos.
Buena semana. Recuerden que el viernes toca visita a Vigo del Real Madrid y de la corte que lo acompaña para cantar sus gestas. Les auguro una mala noche.